UNA TOMBOY EN JAPÓN: FELICIDAD

Por: Yuri Tapia Ando – 25/septiembre/2020

Mucho les he hablado de lo que me tocó vivir en mi visita a Japón, sin embargo, no les he platicado esa parte que se llama felicidad. Como les comenté en el primer artículo, desde niña siempre quise conocer el país del Sol Naciente, era mi mayor sueño (y lo sigue siendo).

A veces no podemos tenerlo todo, pero si pudiéramos tener una cosa que nos hiciera completamente felices, ¿cuál sería? Algunos tal vez escogerían el dinero, otros tal vez el amor, y para aquellos que me conocen, probablemente piensen que yo escogería la segunda opción, sin embargo, no lo es. Creo que definitivamente escogería Japón, vivir ahí, entre su gente, entre sus calles, entre sus paisajes, su cultura, su gastonomía.

Cuando llegó el día de mi viaje, iba con cautela, tenía cierto miedo de que algo ocurriera, incluso no hice ninguna publicación al respecto, aún estando en la sala de abordar. Esperé. Por fin abordé el avión y ya era casi un hecho que estaba por realizarse mi sueño, mas seguí al margen, esperando poder estar ahí para creerlo. Después de 15 horas de vuelo, visualicé a través de la venta, ya estábamos llegando, sobrevolábamos Japón, y ahí estaba, en la ventana, ese sol, el Sol Naciente. Le tomé una fotografía y aguardé al aterrizaje.

Al bajar del avión caminé por los pasillos, incluso visité el baño y seguí el protocolo que todo extranjero pasa al llegar al aeropuerto. Hacía bastante frío. Tenía nervios, iba sola y no sabía cómo llegaría al hostal. Me formé detrás de dos chavos, hablaban español, los saludé y resultó que eran del mismo estado donde yo vivía, me juntaron y me compartieron sus datos de internet, tomamos un autobús rumbo a Tokio y una vez en la estación del metro, nos despedimos. Ahí perdí la única señal de internet que tenía (aunque en las estaciones encuentras internet gratis).

Finalmente llegué al hostal, fue fácil encontrarlo, era tal como decía en las indicaciones de su página web, las mismas fotos, todo exacto que no hubo problema (cosa que no sería igual en Kioto). Toqué el timbre, me recibieron, dejé mis maletas y me fui a dar la vuelta en lo que daba la hora del check in.

Me senté en el camino del río que cruzaba ahí a la vuelta, contemplé el paisaje, me comí un bocadillo que había comprado en la estación de metro y grababa la escena. Siento que aún ahí no terminaba de aterrizar mi alma.

Asakusa

Días más tarde, me encontraba caminando en Asakusa, iba cruzando un pequeño puente cuando por fin capté, por fin aterricé, y me di cuenta que estaba finalmente en Japón, estaba en mi lugar preferido de toda la vida, alcé la vista, contemplé las calles que estaban a mi alrededor y sentí felicidad, y lloré, lloré mientras caminaba y me daba cuenta que era realmente feliz, no quería irme nunca de ahí.

Difícil es la despedida, el tener que partir, ver desde la ventana del avión cómo se va perdiendo de vista la isla, y saber que faltará mucho para volver. Y entonces dejas parte de tu felicidad.

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