RÍO BLANCO, CRÓNICA DE UN PUEBLO

Por: Gerson Báez Rodríguez – 28/febrero/2021

Sé que muchos hablamos de nuestros lugares de origen horondos de ello. Hablar de sus calles, de su fauna, de su cultura y tradiciones muchas veces nos llena de nostalgia y de un bello sentimiento de amor por nuestra “patria chica”. 

Sin embargo, hay historias que verdaderamente merecen ser contadas, historias que bien podrían ser la inspiración de una serie o una película de Netflix. Historias que podrían estar dentro del género de “Drama histórico”. 

Son finales del siglo XIX en las montañas del centro de Veracruz. Un verde y amplio valle lleno de ríos y de la naturaleza más sorprendente habría de ser el escenario de la gestación de un pueblo. Ya tenía varios siglos que la pequeña región se veía próspera para gobernantes e inversionistas, pero no aprovechada como tal. La hermana mayor, la bella Orizaba, era lo más cercano a una ciudad en la que los pobres habitantes de las aldeas cercanas acudían a realizar compraventa. 

Es cuando el mil veces mencionado (para mal y para bien) Don Porfirio Díaz, seguramente aconsejado por sus amigos empresarios de Orizaba, provenientes de su soñada Francia, inicia el plan de construcción de una enorme y majestuosa, diría yo, fábrica de hilados y tejidos. Hasta entonces, sólo existía un pequeño pueblo sobre la montaña llamado Tenango, conformado por una pequeña iglesia colonial y algunas cuantas casas de adobe. 

Inicia así el enorme sueño de empresarios franceses, la fábrica más grande del mundo de su tiempo, fue construida a orillas del río “Blanco” y finalmente inaugurada el 9 de octubre de 1892, fecha que le valdría la fama de ser declarada “tel día de Río Blanco”.

Fue así como un pueblo nació. De todas las regiones de México migraron hacia aquel “Tenango de Río Blanco” para entrar a trabajar a tan prometedora fábrica. Después, con el surgimiento de más fábricas en el corredor de Santa Rosa-Orizaba, la zona era conocida mundialmente como la “Manchester mexicana”. 

Los dueños franceses intentaron recrear un típico y pequeño pueblo francés; los edificios administrativos eran dignos ejemplares del “art decó”. La bella casa consejo que rivalizaba a la mismísima casa blanca con sus elegantes columnas y sus bellos jardines que eran rematados por su bello lago. El edificio de la torre del reloj que marcaba para el pequeño pueblo horas de entradas y salidas. 

Foto: tripadvisor

Sin embargo, la vida y cotidianidad de los obreros estaba muy lejos del sueño que tuvieron al emprender el viaje y formar las primeras familias del pequeño Río Blanco. Los procesos de remuneración fueron volviéndose inhumanos, la famosa “tienda de raya” no hacía más que endeudar más con la famosa “libretita” que marcaba los pobres pesos que no alcanzaban a pagar los obreros con sus limitados sueldos obtenidos, a pesar de sus más de 12 horas de trabajo. 

Así fueron organizándose los famosos “círculos de obreros libres” que habrían de llamar a huelga, exigiendo mejores condiciones laborales que permitieran cumplir el famoso “sueño veracruzano” por el que dejaron sus tierras natales.

Habría que imaginar el drama de aquella tristísima Navidad de 1906, aquellas familias que habían dejado todo en lugares lejanos de aquella naciente tierra, y se veían condenados a cenar unas cuantas acelgas, pensando en que no habría nada más que comer al estar en huelga. 

7 de enero de 1907, suena el famoso silbato de la fábrica, todos a trabajar, acompañados de sus esposas con cacerola en mano, para hacer ruido; llegaron los obreros esperando que esta vez las condiciones fueran mejores. No fue así, los acaudalados encargados no ofrecieron mejoras y esto provocó el motín de los presentes. La legendaria y numerosas veces pintada “quema de la tienda de raya” tuvo lugar. Salieron rumbo a las fábricas cercanas sumando a sus hermanos obreros a que se unieran a la lucha. Río Blanco era la capital efervescente de una revuelta que habría de cambiar la historia de todo un país. 

Foto: ru.historicas.unam.mx

Santa Rosa, San Juan de los Nogales, y otros pueblos cercanos se unieron a la lucha, pero al regresar al pueblo les esperaba el grotesco 13° batallón de infantería, que habría de repartir golpes, balazos, muerte y destrucción a todo el pueblo. 

Las llamas, el dolor y los gritos se apoderaron del pequeño pueblo, cientos, quizá miles murieron ese día, y comentado por algunos, días en realidad. Los libros mencionan entre 400 y 800 muertos. Sin embargo, hay algo que considerar: estaban registrados 7,083 obreros, de los cuales regresarían a trabajar 1,571 obreros menos; tan sólo de la fábrica de Río Blanco, por lo que podemos imaginar la masacre gestada en aquel valeroso año. Fue la chispa, la indignación que habría de culminar en la gloriosa revolución mexicana.

La calma fue recobrándose poco a poco. El signo de la reconstrucción fue el levantamiento de la primitiva capilla del Sagrado Corazón, justo al lado de donde habría de haber estado aquella famosa tienda de raya. Aquella capilla significó la nueva cara del herido Río Blanco, enero de 1910, fue la bendición de la primera etapa. 

Con ello llegaron mejores condiciones que paulatinamente fueron dadas a los obreros, esto trajo consigo nuevas migraciones que llegaban de Guanajuato, Puebla, y hasta la mismísima ciudad de México. Fue punto de visita de Don Venustiano Carranza en su campaña en 1917, por esa razón la avenida (hoy en ruinas) tras la fábrica lleva su nombre.

Poco a poco la propiedad de los terrenos de Río Blanco fue otorgada a los obreros, en el centro del pueblo, bellas casonas con altos tejados situadas en callejones eran levantadas; un poco más lejos eran acomodadas muchas familias de obreros: Hernández, Martínez, Rodríguez, entre muchos otros apellidos que resonaban, levantaban sus pequeñas casas en medio de los riachuelos que salían de la fábrica y regaban los verdes campos en medio de caminos de tierra y altas cercas de pasto. 

Surgían las colonias más antiguas de la ciudad: Santa Catarina, San José Xicotepec, y justo atrás de la enorme fábrica la pequeñísima colonia Cuauhtémoc, y con ese mismo nombre, el 28 de febrero de 1925 fue levantada una de las primeras escuelas primarias de la villa en esa colonia.

Los años 40´s trajeron consigo el florecer de la economía rioblanquence, el bello teatro Río Blanco, con su fachada blanca y su letrero de focos como se acostumbraba en aquel tiempo, ofrecía los mejores espectáculos. Las tertulias eran constantes en el legendario salón “Bugambilia” y el sindicato de los obreros levantaba un bello palacio, con todo y faro incluido. 

Foto: mexicoenfotos

A la par de este desarrollo, el primer párroco de Río Blanco, don Anibal Leví, se paraba a la salida de la fábrica a pedir la cooperación de los ricachones obreros. No tardó en levantarse una majestuosa iglesia de estilo gótico, con hermosos vitrales y un techo que emulaba una barca a la inversa; y esa hermosa torre que remataba en un cono de lámina, cuya base tenía a la estrella de David, que habría de servir para cuestionar la originalidad de su construcción para el culto católico.

El 1 de junio de 1962 abría sus puertas la secundaria “Mártires de 1907” homenaje a aquellos héroes caídos por parte del profesor Rómulo Ariza. Fueron décadas de progreso que permitieron el desarrollo y la construcción de la denominada a partir de 1967 “Ciudad de Río Blanco”. En 1968 fue paso de la antorcha olímpica en medio de los vítores de los ciudadanos. 

Habría de venir otra calamidad, tal vez la peor y más grande de su historia: 4 de la mañana del 28 de agosto de 1973, un terremoto de 7.3 grados azotaba la ciudad, derrumbando la gloria y el esplendor de muchos edificios que habían sido frutos de ese “milagro rioblanquence”. Condominios enteros de 2 y 3 pisos caían sepultando a sus habitantes. 

Quienes lo presenciaron cuentan el horror y los gritos que una vez más asolaban la ciudad, las ruinas y los escombros que habrían de acompañar los días siguientes a una ciudad sin energía eléctrica, sin alimentos, y sin esperanza. “Río Blanco se perdió” era la continua frase que recorría las bocas de los que alguna vez conocieron la ciudad. 

Tardó varios días en que la histórica fábrica volviera a andar con naturalidad, otra herida que habría de ir sangrando por muchos años, hasta que finalmente le daría la muerte. Con el paso de las siguientes dos décadas, las finanzas de aquella histórica fábrica ya no eran las mismas. Y hay que decirlo, un secreto a voces eran las continuas mermas que sus mismos obreros le causaron: “mataron a la gallina de los huevos de oro”.

Fue así como las continuas crisis fueron motivando la expulsión de obreros de sus listas y a los cierres temporales. Finalmente, para diciembre de 1994, la centenaria institución cerraba sus puertas. Generaciones enteras que habían trabajado allí y que pensaban que sería el destino de su vida y de las vidas de sus hijos y de sus nietos, llegaba a su fin. 

Foto: rioblanco.gob.mx

Con ello fue el inicio de la diáspora rioblancence. Miles migraron a otras ciudades más prósperas, incluso fuera del país. Muchos para ya nunca regresar. La esperanza se perdía, la gloria de Río Blanco se había acabado, muchas familias se habían fracturado por la migración y la crisis. 

Pero siempre en la oscuridad, hay personas que llevan la luz. En este caso fueron sus sacerdotes que les animaban a volver a tomar la toalla, Carlos Carmona, Raúl Rodríguez y muchos más, son recordados como verdaderos pilares de la sociedad rioblanquence. 

Llegó el siglo XXI y con ello el desarrollo de la ciudad vecina; si bien la migración fue disminuyendo, la ciudad fue vista como “dormitorio”. Esfuerzos constantes de sus gobiernos y habitantes no han sido suficientes para que esta ciudad alcance una vez más “sus años de gloria”.

Pero como hemos podido ver, esta obrera ciudad ha tenido un valeroso pasado, en el que ha demostrado ser un pueblo aguerrido y fuerte, y que se ha levantado de enormes tragedias, en el que ha llegado a ser famoso por su éxito económico y social. Mejores años vendrán para esta noble ciudad, cuna de mártires, cuna de valientes.

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