EL TRAJE DEL EMPERADOR

Por: Gerson Báez Rodríguez – 17/febrero/2021

Había una vez en un lejano reino, un rey al que le gustaba vestir con los más finos ropajes, con largas capas y brillantes túnicas; tenía telas del lejano Egipto para que sus sastres confeccionaran sus vestidos y tenía numerosos mercaderes para que fueran a comprar los mejores hilos a Persia. 

Imagen: redmagisterial.com

La variedad de prendas en sus armarios era inmensa, poseía numerosos vestidos para las ocasiones mas solemnes; sin embargo, con el tiempo le comenzaron a parecer aburridos, rutinarios y se dio cuenta que necesitaba aún mas variedad en ellos, así que convocó a un concurso para que todos los sastres del reino participaran y trajeran el traje más llamativo y bello para el rey. Desfilaron ante él numerosos sastres venidos de todas partes, pues el premio era un baúl lleno de oro. 

Púrpuras, escarlatas e hilo de oro desfilaron ante el rey; pero ninguno llamó en especial su atención, pues no era más de lo que ya poseía en sus bodegas. 

De repente, dos sastres jóvenes llegaron con una caja y anunciaron: 

“¡He aquí al mejor traje de todos los tiempos!” 

Y ante la sorpresa de todos, estaba vacía, aunque ellos hacían el ademán de sacarlo cuidadosamente. Y explicaron: 

“Se trata de un traje de una tela muy especial, diseñada para que sólo puedan verlo aquellas personas que gozan de inteligencia”. 

“¡Que bello!” exclamó el rey “¡sin duda tenemos un ganador!” 

La fecha para estrenarlo quedo fechada para el cumpleaños del rey; pues se acostumbraba hacer un pomposo desfile que recorría el burgo lleno de súbditos que aclamaban al rey en su caballo. 

Llego el día y los astutos sastres llegaron a ponerle el traje, aún con dudas, el rey accedió a desnudarse ante ellos para ponerse ese “bonito traje”; mientras tanto, la noticia del traje se esparció por el reino, comentando lo raro de la tela del traje y la característica de que sólo podían verlo aquellos que fueran inteligentes. 

Los sastres tomaron el baúl y en medio del bullicio propio de tan grande festejo, salieron de la ciudad para disfrutar de su premio. Salió el cortejo del rey, primero iban trompetas y tambores, muchos soldados y hasta el final el rey en su caballo; ni un solo trozo de tela cubría su gordo cuerpo del fortísimo sol de aquel importante día. Sin embargo, se escuchaba entre los súbditos: 

“¡Qué bien se ve el rey!” “le queda perfecto” “¡Qué bonita tela!” pues nadie quería admitir que no podía ver el traje, y así aceptar que no era “inteligente” para ser capaz de verlo. 

Pero de repente, en medio de la multitud un niño gritó: “¡EL REY ESTÁ DESNUDO!” e inmediatamente las carcajadas no se hicieron esperar, el rey tuvo que huir avergonzado hasta su palacio, maldiciendo a los tramposos sastres que le habían engañado. 

Hoy en día vivimos ante una sociedad que acepta como válido lo que la sociedad “aprueba” y se deja guiar por la “aceptación” de la mayoría. 

Sólo basta que algo tenga miles de “views” en redes o millones de “compartidas” para que algo sea aceptado como una verdad irrefutable, pero, justo como en el traje del rey, no conforme con ello, se obliga a los demás a aceptarlo, y de no hacerlo, estás automáticamente condenado al banco de los “ignorantes”. 

Lo más asombroso de todo es ver cómo muchas veces se pierde incluso el mismísimo sentido común, es decir, perdemos nuestra individualidad por adular una idea que en sí misma no es lógica, pero si aprobada por la mayoría, y caemos en ese juego dañino llamado “presión social”. 

No se trata de ser escéptico a todo lo que se nos presente, si no que seamos capaces de emitir un juicio razonado involucrando lo que sabemos y lo que otras personas saben.

Existen algunos criterios para entender este punto. 

Sentido común. Nos lo dice el mismo método científico: experimentación. Conocer en carne propia el punto a tratar nos ayuda a tener más clara la verdad. No es lo mismo hablar del color del vestido de Lady Gaga que podemos apreciar con nuestros ojos, a hablar de si en la luna se siente frío o calor, porque nunca hemos ido. 

Referencias. Acudimos al doctor para que nos ayude en temas de salud por su formación, por su experiencia. Tenemos referentes en diversos temas. Un arquitecto está capacitado para explicar el por qué debe usarse determinados materiales para la construcción, pero no para explicar los fundamentos de una teoría química. Puede ser que sepa del tema, pero no es un experto en ello. 

Conocimiento. “Estudio para ignorar menos” dijo por ahí algún filósofo griego. Se trata de conocer más a fondo el tema en el que estamos interesados, buscar en internet puede ayudar siempre y cuando tengamos clara la idea del punto de arriba, finalmente, hay que entender que no existe la “verdad absoluta” pues por ahí existe la famosa pregunta que nadie pudo contestar: “¿y qué es la verdad?”. Pero aprendiendo por nuestra cuenta podremos tener un panorama más claro de la realidad. 

A pesar de esto, debemos ser tolerantes con otras ideas y dialogar nuestras diferencias con datos, con conocimiento y basados en fuentes sólidas, no debemos insultar ni etiquetar a otras personas por sus ideas de determinado tema y recordemos la famosa frase de Benito Juárez: 

“Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

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