8M. POR LAS QUE YA NO ESTÁN

Por: Yuri Tapia Ando – 9/marzo/2022

Marzo 9, 0:03 horas. «Hoy» desperté sin saber que iría por primera vez a la marcha.

Llevo cerca de dos años viviendo en la gran Ciudad de México e ir a la marcha del 8M se me hacía algo lejano. Siempre he tenido miedo a las aglomeraciones y sobretodo a marchas de esta índole, donde los involucrados están en la mira de las autoridades, donde cualquier descuido y todo puede volverse una verdadera tragedia. Sin embargo, si esto fuera así, creo que sería parte de la lucha y no sería en vano.

En fin. Mi novia me ha contado mucho sobre cómo es ir a una marcha, la experiencia que es ver y escuchar de cerca los testimonios, y sentir toda esa energía que emana toda una multitud al marchar por la misma causa. Me llamaba la atención cada vez más y solo quería hacer una cosa, ir a la marcha con ella. Pero no se iba a poder. ¿Por qué? Porque en su trabajo les importa poco lo que este día signifique y faltar al trabajo no resulta una buena opción, por lo que tendría que aguantarse y luchar desde su trinchera.

Así que por la mañana, al despertar sabría que no asistiría a esta marcha. Incluso una amiga me preguntó si iría y le comenté que no, solo nos lamentamos no habernos organizado antes. Más tarde, le pregunté a otra amiga si iría, me comentó que no estaba segura y que al igual que yo, tenía un poco de miedo, por lo que acordamos luchar desde nuestra trinchera, como pudiéramos, lo importante era hacernos visibles.

El día avanzaba y comencé a ver una transmisión en vivo, aún había tiempo de llegar. Me alisté y dudaba en ir. Qué más da, quería ir y sentía que no estaba haciendo nada desde mi departamento. «Iré sola», pensé, tomé mis cosas, me apresuré a avisarle a mi novia y ya a punto de irme, recibí un mensaje de otra amiga preguntando si iría, «justo estoy saliendo», le contesté. En lo que terminaba de tomar mis cosas, mi amiga me respondió que fuéramos juntas, y como vive cerca, pasaría por ella de camino.

Salí y como acordamos, pasé por ella a su departamento. Iba preocupada porque mi novia me había aconsejado escribirme en el brazo mis datos como mi nombre, un teléfono de emergencia y mi tipo de sangre, pero no teníamos marcador y el que llevaba mi amiga no nos servía. Por otra parte, mi amiga, Mónica, llevaba sus pañoletas y me las prestó para que las usara, una morada que me puse en el cuello, y la otra verde que porté en el brazo.

Caminamos hasta llegar al Ángel y un contingente estaba por salir, por lo que nos metimos y comenzamos a caminar con ellas, sin saber, por cierto, que era el último. Al principio yo sólo observaba, no conocía los cánticos y ponía atención en sus palabras para saber cómo cantarlos después, aunque no estaba segura si lo haría, ya que no soy de esas personas que suelen gritar… pero la vibra de la gente te envuelve y terminas por hacerlo.

Seguía con pendiente por no haber conseguido el marcador, por lo que iba pensando a quién poder decirle, hasta que finalmente le pregunté a la chava de mi derecha si contaba con uno, y aunque no tenía, me prestó su pluma, por lo que rápidamente escribí los datos de Moni en su brazo para luego ella escribir los míos en mi brazo. Gracias por la pluma compañera.

Seguimos caminando y poco a poco comencé a levantar el brazo cuando las demás cantaban o gritaban, y de pronto me vi cantando junto con ellas, aplaudiendo y hasta saltando. Era emocionante estar ahí, y ver como cada una de las que estaban, gritaba, cantaba, levantaba los brazos, llevaba una pancarta, aplaudía, y caminaba por la misma lucha.

Avanzamos lo suficiente y decidimos irnos, no podíamos llegar hasta el centro con las demás pero aún así, sentimos que pudimos hacer lo que estuvo en nuestras manos y marchar un poco con ellas.

Al salirnos del contingente caminamos de regreso y fue cuando nos dimos cuenta que éramos el último contingente, y que al final de este, se encontraba una mujer vestida de blanco, arrastrando una gran cola blanca y portando la bandera de México. Su rostro lo decía todo.

Regresamos a nuestros respectivos hogares y me dispuse a enviar el famoso «ya estoy en casa»…

¿Cuál fue mi experiencia? A pesar de no haber sido la que esperaba en un principio, que era conocer los testimonios, sin duda fue una experiencia nueva que me dejó satisfecha por no haberme quedado con las ganas de asistir a esta lucha tan importante, de haber levantado la voz y sentir que pude aportar un granito de arena por todas aquellas que ya no están con nosotras.

Ni Una Menos.

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